Chapter 1: Una Película Americana de Bajo Presupuesto
El calor no era simplemente una temperatura alta, sino una entidad física y pesada que aplastaba el techo metálico del autobús, insistiendo en colarse por las ventanillas atascadas. Cuando el vehículo resopló por última vez y abrió sus puertas neumáticas, lo hizo como si estuviera escupiendo a sus ocupantes sobre la tierra seca y polvorienta del campamento.
Toni fue uno de los primeros en intentar el descenso, cargando con una mochila que visiblemente excedía su capacidad logística. Bajó con la intención de pisar firme, quizás incluso con cierto estilo, imaginando que este verano sería diferente a los anteriores. Sin embargo, la gravedad y una correa suelta conspiraron en su contra, provocando que su pie derecho se enredara antes de tocar el suelo. El resultado fue un aterrizaje forzoso y ruidoso que levantó una nube de polvo naranja, justo a los pies de un monitor que ni siquiera parpadeó.
—¡Estoy bien! —gritó Toni desde el suelo, poniéndose rojo antes incluso de confirmar si alguien le estaba mirando.
Por desgracia, sí le miraban. O al menos Dani lo hacía, ajustándose las gafas de sol con una mueca que mezclaba lástima y diversión, mientras escaneaba el perímetro buscando objetivos femeninos más interesantes que el espectáculo de Toni rebozado en tierra.
—Tío, literal que llevamos treinta segundos aquí —dijo Dani, pasando por encima de Toni sin ofrecerle ayuda, demasiado ocupado guiñando un ojo hacia el grupo de las chicas que empezaba a descender.
Greta, por su parte, bajó del autobús prácticamente vibrando. No parecía afectada por el calor ni por el viaje de cuatro horas; su energía se alimentaba de la novedad.
—¡Mirad esto, por favor! —exclamó, agitando los brazos y golpeando sin querer a Marta 1 con una de sus múltiples pulseras—. Es total, ¿no os parece? O sea, mirad las cabañas de madera, están dispuestas en semicírculo como en Viernes 13 pero sin el asesino, espero, aunque eso le daría un toque interesante al vlog que no voy a hacer porque nos han quitado los móviles. ¡Es todo súper estética americana! ¿No sentís que en cualquier momento va a salir un oso o un monitor cachas llamado Chad?
Marta 1, que ya tenía un mapa del recinto en la mano y estaba contando cabezas para asegurarse de que nadie se hubiera quedado dormido en los asientos traseros, suspiró.
—Greta, respira. Y coge tu maleta, que estás bloqueando la salida —ordenó Marta 1 con esa eficiencia de quien ya ha decidido ser la jefa antes de que nadie vote.
El desembarco continuó siendo un caos controlado. Mar bajó con cuidado, tanteando el terreno irregular para proteger su rodilla, que ya empezaba a quejarse por la humedad del bosque cercano. Detrás de ella, su hermano Pablo, el mayor, descendió con una tranquilidad exasperante, arrastrando su equipaje como si le pesara la propia existencia, pero con esa media sonrisa de quien sabe algo que los demás ignoran.
Una vez asignadas las cabañas, el caos se trasladó al interior. La cabaña masculina olía a pino encerrado y barniz barato. Martin entró primero, tirando su bolsa de deporte de marca sobre la litera inferior derecha con un golpe seco que sonó a declaración de intenciones.
—A ver, gente —dijo Martin, cruzando los brazos y marcando los bíceps—. Vamos a organizar esto rápido. Las maletas van debajo de las camas, la ropa sucia en bolsas cerradas. No quiero oler vuestras mierdas de adolescentes.
Luis y el Pablo moreno intercambiaron una mirada de complicidad instantánea. Sin decir una palabra, abrieron sus maletas simultáneamente y comenzaron a lanzar ropa al aire como si estuvieran celebrando el año nuevo. Camisetas, calzoncillos y calcetines volaron por la habitación, aterrizando sobre las vigas, las lámparas y, por supuesto, sobre la cama impecable que Martin acababa de reclamar.
—¡Pero qué hacéis! —bramó Martin, con la vena del cuello hinchándose peligrosamente. Evitó usar palabras con "erre" para no tartamudear, lo que limitaba bastante su vocabulario de insultos—. ¡Sois unos payasos!
—Es decoración feng shui, tío, relaja —dijo el Pablo moreno, con esa sonrisa pícara de quien disfruta viendo arder el mundo, aunque solo sea un poquito.
—Sí, le da un toque... vivido —añadió Luis, poniéndose unos calzoncillos limpios en la cabeza a modo de sombrero—. Además, ¿quién te ha nombrado capitán?
Mientras Martin intentaba no explotar, Alfonso ignoraba completamente la disputa territorial. Había dejado su maleta tirada en medio del paso y estaba recorriendo la habitación dando palmaditas a las paredes de madera y chasqueando la lengua, buscando el punto exacto de reverberación.
—La acústica aquí es... complicada —murmuró para sí mismo, sacando su guitarra de la funda con la delicadeza de quien manipula explosivos—. Mucha madera absorbe los agudos. Tendré que compensar con más ataque en las cuerdas.
Desde la litera superior más alejada, Lucas observaba el panorama con las piernas colgando. Ya había deshecho su maleta, hecho la cama con esquinas militares y colocado sus libros en la repisa. Miraba a Martin a punto de sufrir un aneurisma, a Luis y Pablo convirtiendo el suelo en un vertedero textil y a Alfonso perdido en sus delirios musicales. Lucas sacó una pequeña libreta y anotó algo, negando con la cabeza levemente, como un antropólogo estudiando a una especie particularmente estúpida.
La cena, horas más tarde, fue el primer contacto real de toda la tropa con la realidad del campamento: una bandeja de metal con algo que pretendía ser pasta y una salsa de color sospechoso. El comedor comunal era un hervidero de ruido, con ventiladores de techo girando perezosamente sin mover realmente el aire caliente.
Mar se movía entre las mesas largas, cojeando visiblemente. Llevaba dos vasos de agua en una mano y una manzana extra en el bolsillo.
—¿Alma, has comido suficiente? Te veo muy parada —preguntó Mar, depositando la manzana frente a la chica más joven, que miraba con tristeza un bicho muerto en la ventana.
—Sí, sí, es que... hace mucho calor para los animales, ¿no crees? —respondió Alma, sonriendo de repente—. Pero gracias, Mar. Eres un sol.
Mar asintió, secándose el sudor de la frente, y siguió su ronda. Su rodilla palpitaba con cada paso, un recordatorio agudo de que no debería estar de pie tanto tiempo, pero la necesidad de controlar que el ecosistema social no colapsara era más fuerte. Llegó a la mesa donde su hermano Pablo estaba sentado frente a Nur.
La escena era digna de estudio. Nur tenía las manos extendidas sobre su bandeja, con los ojos cerrados, ignorando el ruido ambiental.
—Deberías agradecer la energía de los alimentos antes de ingerirlos —estaba diciendo Nur con ese tono suave que, paradójicamente, solía poner de los nervios a la gente—. Incluso si es comida procesada, tiene una vibración.
Pablo el mayor la miraba masticando un trozo de pan con la boca semiabierta, con una expresión de total vacio existencial, como si estuviera viendo un documental aburrido sin sonido.
—Mi vibración dice que esto es harina y agua, Nur —dijo Pablo, tragando con dificultad—. Y la energía del bosque me está diciendo que necesito una Coca-Cola, no un mantra.
Nur abrió los ojos, indignada, y sacudió su melena natural.
—Eres imposible. Tanta desconexión espiritual te va a pasar factura. El karma no olvida.
—El karma y yo tenemos un pacto de no agresión —replicó Pablo, guiñándole un ojo a Dani, que estaba en la mesa de al lado intentando explicarle a Marta 2 por qué su camiseta era de edición limitada, sin mucho éxito.
Cuando la noche cayó finalmente sobre el campamento, lo hizo de golpe, sin el gradiente suave de los atardeceres de ciudad. Aquí, cuando se apagaba el sol, la oscuridad era absoluta, solo rota por las pocas farolas estratégicas cerca de los baños.
En la cabaña de los chicos, el toque de queda había pasado hacía veinte minutos. Afuera, el bosque respiraba, lleno de ruidos que en la ciudad no existían, pero que aquí se volvían amenazas potenciales. Los monitores habían hecho su ronda, confiados en el cansancio del viaje y en la hora tardía. Pero el silencio del reposo era un estado temporal e insostenible para ese grupo.
Martin y Lucas habían sido los únicos que se habían metido rígidamente bajo las sábanas, con la intención de optimizar el descanso. Los demás esperaban. El aire estaba espeso, cargado de la expectativa de romper las reglas.
Pablo el mayor se incorporó en su litera, la sombra de su perfil recortada contra la escasa luz de la luna que entraba por la ventana con una calidad pálida y fantasmal. Se estiró como un gato, sin importarle que el somier crujiera ruidosamente bajo él.
—Esto es un muermo —dijo en voz alta, rompiendo la quietud con una declaración de principios—. No hemos venido a dormir a un hotel. ¿Quién se apunta a ver el lago de verdad? Dicen que hay una zona prohibida al otro lado, donde los monitores guardan las canoas viejas.
Dani, que estaba en la litera de abajo, se giró.
—¿Qué hay en la zona prohibida? ¿Chicas? ¿O solo canoas viejas?
—Seguro que hay algo más interesante que las cabañas. Es el primer día, hay que marcar territorio. Que la aventura nos encuentre —respondió Pablo, con esa imprudencia que a Toni siempre le parecía tan atractiva como aterradora.
—Nos van a pillar —susurró Toni desde su saco de dormir, donde se sentía extrañamente seguro.
—No si somos rápidos. ¿O es que el gran atleta no tiene fondo para una carrera nocturna? —lanzó Pablo, sabiendo exactamente dónde apuntar.
Martin se sentó de golpe en su cama, el colchón crujiendo bajo la tensión de sus músculos. Odiaba la idea de perderse cualquier acción, pero odiaba más aún la pereza de Pablo. Había estado intentando dormir en posición rígida, optimizando las horas, pero la provocación fue demasiado directa.
—Yo voy donde haga falta —escupió Martin, bajando de la litera de un salto. Se puso sus zapatillas de depote sin anudar, su único acto de rebeldía ante el calo—. Y soy más ápido que tú, fumado.
—Eso habrá que verlo —rio Pablo, bajando con más calma—. Vamos. Luis, "Moreno", en marcha. Sé que no estáis dormidos.
—¡Operación Comando en calzoncillos! —susurró Luis, aunque por suerte ya se había puesto los pantalones y el Pablo moreno ya tenía una toalla enrollada alrededor del cuello como si fuera un pañuelo de explorador.
Dani sonrió a Toni, que se levantaba con lentitud de su litera superior.
—¿Tú también, Toni? ¿O te quedas aquí a soñar con tropezarte?
—Solo voy porque no me quiero quedar aquí escuchando vuestras bromas de ‘chico acampamento’ —respondió Toni, sin mirarle, sintiendo ya el nerviosismo.
Alfonso, que dormía abrazado a la funda de su guitarra, se despertó sobresaltado.
—¿Eh? ¿Vamos a tocar?
—Vamos a vivir, Mozart. Trae la guitarra si quieres, igual nos sirve para espantar osos —dijo Pablo, abriendo la puerta con un cuidado sorprendente para alguien tan despreocupado. Dani fue el último en salir, deslizando la mano hacia su bolsillo para asegurarse de que su único accesorio permitido (su teléfono de 'emergencia' sin datos) estaba allí por si acaso, aunque sabía que era inútil.
El grupo salió en fila india, agachados ridículamente como si estuvieran en una película bélica o, como pensó Toni, en una versión patética de El Proyecto de la Bruja de Blair. Lucas cerraba la marcha, habiendo decidido que era más seguro supervisar la estupidez colectiva que quedarse solo y ser interrogado si los pillaban. Iba anotando silenciosamente en su cabeza el patrón de pisadas y el riesgo de ser detectados.
Se encontraron con las chicas en el punto ciego detrás del comedor, cerca de los contenedores de basura que, afortunadamente, habían sido vaciados esa mañana. El aire olía a tierra y a pino. Las chicas ya estaban allí, agrupadas en un círculo conspiratorio. Toni notó que Marta 2 estaba allí, más callada que nunca, pero con los ojos brillantes por la transgresión.
—Llegáis tarde —susurró Marta 1, mirando un reloj imaginario en su muñeca. Parecía una comandante en jefe en el campo de batalla, con su pelo recogido en una coleta táctica—. Tenemos una ventana de oportunidad de cuarenta minutos antes de la siguiente ronda de seguridad. Nur asintió a su lado, con su mapa mental de la ruta de los monitores ya trazado.
—Relájate, general —dijo Dani, acercándose con su mejor sonrisa de depredador nocturno. Escaneó el grupo, deteniéndose rápidamente en Marta 1 con una mirada calculada—. Lo bueno se hace esperar. Además, mi presencia equilibra la energía del grupo, ¿no creéis?
Mar apareció de entre las sombras, cojeando un poco más que antes. El frío de la noche no le estaba haciendo ningún favor a su articulación.
—¿Estamos todos? Por favor, que nadie grite —suplicó Mar, mirando nerviosa hacia las cabañas de los monitores.
—¡Esto es increíble! —exclamó Greta, ignorando por completo la súplica de Mar. Aunque intentaba susurrar, su volumen natural era el de una conversación normal—. O sea, la adrenalina, chicos. Siento como si mi corazón estuviera haciendo techno. ¿Habéis visto la luna? Parece un foco de interrogatorio. Me encanta.
—Greta, cállate, por favor —siseó Marta 1, empujándola suavemente hacia la linde del bosque.
El grupo se adentró en la espesura. El camino hacia el lago no estaba iluminado, y las raíces de los pinos sobresalían del suelo como trampas puestas por un jardinero sádico. El aire olía a resina y a tierra húmeda.
Luis y el Pablo moreno iban en la retaguardia, turnándose para hacer ruidos guturales y crujidos extraños.
—Huuuuuu —hizo Luis, imitando algo que pretendía ser un búho con bronquitis.
Alma, que caminaba delante de ellos, dio un saltito, pero no de miedo.
—Si eso era un cárabo común, lo estás haciendo fatal —dijo ella, girándose con una sonrisa—. El cárabo hace más bien un 'ki-wik'.
—Estamos ensayando para el casting de El Libro de la Selva, déjanos —se defendió el Pablo moreno, justo antes de romper una rama seca a propósito para ver si alguien gritaba.
Nadie gritó, pero hubo un estruendo sordo más adelante. Toni, cuya visión nocturna dejaba mucho que desear, no vio la enorme raíz que cruzaba el sendero. Su pie se enganchó, su centro de gravedad le traicionó de nuevo, y se precipitó hacia adelante como un árbol talado.
Por desgracia, Nur estaba en su trayectoria. El impacto fue una mezcla confusa de extremidades y quejidos. Toni aterrizó medio encima de ella, con la cara aplastada contra su hombro y una mano, por accidente, enredada en su pelo.
—¡Lo siento! ¡Lo siento muchísimo! —balbuceó Toni, intentando levantarse y volviendo a resbalar, su pánico creciendo ante la idea de haber herido a Nur y de ser, de nuevo, el centro del drama. Una mano —la mano de Marta 2— le tocó la espalda por un instante antes de retirarse rápidamente, como si quemara.
Nur se incorporó sacudiéndose las hojas secas de la ropa, con una dignidad admirable dadas las circunstancias. Sus ojos brillaron en la oscuridad con una mezcla de sorpresa y molestia.
—Tu consciencia espacial es nula —sentenció Nur, ajustándose el collar de piedras y su máscara de gurú. Sentía una punzada de rabia superficial por el contacto físico no solicitado—. Estás ocupando un espacio que no te corresponde de manera muy agresiva. Deberías trabajar tu enraizamiento, literalmente.
—Sí, el enraizamiento ha sido el problema, de hecho —murmuró Toni, rojo como un tomate en la oscuridad, mientras Lucas le ayudaba a ponerse de pie.
Finalmente, el bosque se abrió y llegaron al muelle viejo. La madera estaba desgastada y gris, crujiendo bajo el peso de los catorce adolescentes. El lago se extendía negro y quieto frente a ellos, reflejando las estrellas con una claridad que daba vértigo.
Dani no perdió el tiempo. Saltó sobre una de las cajas de madera abandonadas en el muelle y chasqueó los dedos para llamar la atención.
—Vale, escuchad. Estamos aquí, nadie nos ha pillado. Es hora de hacer esto interesante —dijo Dani, con la voz impostada de presentador de concurso—. Vamos a jugar a Atrevimiento.
—Verdad o Atrevimiento —corrigió Marta 2 en voz baja, casi inaudible.
—No —cortó Dani—. La verdad es para los aburridos y los que quieren llorar. Aquí hemos venido a jugar. Solo hay retos. Y los retos... —hizo una pausa dramática— implican contacto. O dolor. O vergüenza. Preferiblemente las tres.
Sacó una botella de plástico vacía de su bolsillo y la puso en el centro del círculo irregular que habían formado sentados en las tablas del muelle.
—Empieza la fiesta.
Dani giró la botella con fuerza. El plástico giró ruidosamente sobre la madera, ralentizándose poco a poco bajo la mirada atenta de todos. La boca de la botella se detuvo apuntando inequivocamente a Greta.
Greta soltó un gritito de emoción y se frotó las manos.
—¡Me toca! Vale, vale, dejadme pensar algo súper épico. Algo que rompa el hielo, pero también la tensión sexual no resuelta que, seamos sinceros, se palpa en el ambiente como si fuera niebla —soltó Greta sin respirar.
Marta 1 le lanzó una mirada que habría congelado el lago, advirtiéndole silenciosamente que no se pasara. Greta captó la indirecta, o decidió ignorarla selectivamente, y señaló con un dedo acusador al otro lado del círculo.
—¡Tú! Martin. El chico fitness.
Martin se tensó, cruzando los brazos aún más fuerte.
—¿Qué quieres? —gruñó.
—Te reto a algo sencillo —dijo Greta con una sonrisa maliciosa, mirando a su alrededor para maximizar el efecto—. Tienes que darle un beso en el cuello a la persona que te parezca más atractiva de este círculo. O... —añadió, viendo la cara de pánico de Martin, que era exactamente lo que buscaba— tienes que tirarte al lago ahora mismo. Vestido. Con zapatillas y todo. Lo siento, Martin, pero la vulnerabilidad es la nueva proteína.
Hubo un murmullo generalizado. El agua estaba helada, todos lo sabían. Y para Martin, mojar sus zapatillas de marca y quedar como un perro mojado frente a todos era impensable. Pero el beso... eso implicaba una vulnerabilidad social que le aterraba aún más.
Martin apretó los puños, los nudillos blancos. Odiaba ser el centro de atención si no era por ganar una carrera. Odiaba que le obligaran. Sus ojos barrieron el círculo rápidamente. No iba a darle el gusto a nadie de pensar que le gustaba. Su mirada se detuvo en Nur, simplemente porque era la que tenía más cerca y la que parecía menos intimidante en ese momento, o quizás porque estaba tan quieta que parecía una estatua.
—Paso del agua —masculló Martin.
Se levantó con movimientos rígidos, mecánicos, y caminó los dos pasos que le separaban de Nur. Ella levantó la vista, sorprendida, abriendo la boca para protestar sobre el consentimiento energético o algo similar, pero no tuvo tiempo.
Martin se agachó bruscamente y presionó sus labios contra el cuello de Nur. No fue un beso suave, ni romántico. Fue un trámite agresivo, un sello húmeda y torpe puesto con rabia, una marca de humillación social. Él no quería a Nur, quería desquitarse de Greta. Duró apenas un segundo, pero el silencio que generó en el grupo fue denso y pesado.
Dani, que esperaba ser el receptor del beso, sonrió de lado, sintiéndose aún el objetivo deseado. Toni sintió una pizca de pena por Martin, cuyo intento de masculinidad torcida había fallado estrepitosamente.
Martin se apartó de inmediato y volvió a su sitio, limpiándose la boca con el dorso de la mano, desafiante, mirando a Greta como si quisiera fulminarla.
La incomodidad era tan palpable que se podía masticar. Nur se tocó el cuello, perpleja. Se sentía violada en su espacio personal y al mismo tiempo incapaz de interpretar el gesto de Martin, incapaz de decidir si enfadarse o reírse de lo absurdo de la situación. Lo único que sintió fue el frío de la piel húmeda de Martin. Ni siquiera intentó hablar de “consiento energético”.
De repente, un acorde disonante rompió el hielo. Alfonso, sintiendo que el momento requería una banda sonora, había sacado la guitarra de la funda a una velocidad pasmosa y rasgó las cuerdas con una intensidad dramática, empezando los primeros compases de una balada rock que sonaba sospechosamente a algo de los años 80 pero mal tocado.
—En la noche oscura de tu alma... —empezó a cantar Alfonso con voz gutural, cerrando los ojos con pasión.
Lucas, que estaba sentado a su lado frotándose los brazos por el frío, le miró con una ceja arqueada.
—¿Esto es una parodia? —preguntó Lucas con un tono mordaz, lo suficientemente alto para que todos lo oyeran—. Porque si no lo es, es lo más triste que he visto hoy. Y he visto a Toni caerse dos veces.
La tensión acumulada estalló, pero en forma de carcajadas. Luis y el Pablo moreno se doblaron de risa, agarrándose el estómago. Incluso Martin soltó un bufido que podría haber sido una risa reprimida. Alfonso paró de tocar, ofendido, abrazando su guitarra como si fuera un escudo incomprendido.
—Sois unos incultos musicales —se defendió Alfonso, aunque bajó el volumen de su voz.
—Venga, seguimos —interrumpió Dani, queriendo recuperar el control del espectáculo antes de que se convirtiera en un club de la comedia—. Me toca mandar a mí porque soy el juez supremo de esta ronda.
Dani miró alrededor. Necesitaba reafirmar su estatus de macho alfa del campamento, especialmente después de que Martin hubiera cumplido su reto con tanta agresividad. Sus ojos se posaron en Toni, el eslabón débil, el chico torpe y delgado.
—Toni, chaval —dijo Dani con una sonrisa condescendiente, sintiéndose superior por forzar la situación. Necesitaba un blanco fácil después del fracaso de Martin—. Te veo sudando mucho. Estás nervioso, ¿eh? Te reto a que te quites la camiseta. Quédate así, a pecho descubierto, hasta que acabe el juego. A ver si refrescas las ideas.
Era un reto diseñado para humillar. Dani esperaba ver costillas marcadas, piel pálida y esa postura encogida típica de Toni. Qué mejor que el torpe para recibir el golpe de gracia social —pensó Dani. Quería cimentar su posición de ligón dominante antes de que alguien más intentara tomar el control, como Greta.
Toni tragó saliva. Lo último que quería era exponerse de esa manera, ni física ni socialmente. Miró a Greta buscando ayuda, pero ella estaba expectante, grabando la escena en su mente para un futuro podcast invisible. Miró a Mar, que parecía preocupada por él, pero no intervino, respetando la autonomía de Toni. Resignado, Toni suspiró, sabiendo que su humillación era inevitable en ese contexto.
—Vale, vale —dijo en voz baja, sintiendo el aire frío de la noche en el pecho. Agarró el bajo de su camiseta y tiró hacia arriba. Al sacársela, el grupo se quedó callado por segunda vez esa noche, pero por una razón muy distinta.
Toni no era el alfeñique que su ropa holgada y su postura encorvada sugerían. Tenía el torso definido, fibroso, probablemente resultado de algún deporte que nadie sabía que practicaba o simplemente de una genética tardía y agradecida. La luz de la luna delineaba los músculos de sus hombros y abdomen. Pero lo más llamativo no era eso.
En su costado izquierdo, recorriendo parte de las costillas, había una cicatriz alargada y de forma irregular, blanca contra la piel ligeramente bronceada. Era una marca antigua, curiosa, que contaba una historia de dolor que no encajaba con el chico de los chistes malos y los tropiezos. Dani intentó rápidamente una broma sobre ‘costillas de repuesto’ pero el momento había pasado.
Marta 2, que había pasado toda la noche mirando las vetas de la madera del muelle para evitar contacto visual, levantó la cabeza. Sus ojos se clavaron en la cicatriz con una atención inusual. Había una intensidad en su mirada, una mezcla de reconocimiento y curiosidad pura que la sacó de su habitual ensimismamiento. Toni sintió que la veía, de verdad, por primera vez. Abrió ligeramente la boca, como si fuera a preguntar algo, olvidando por un momento su timidez patológica.
Pero la pregunta nunca llegó a formularse.
Un crujido seco, mucho más fuerte que los que habían hecho Luis y Pablo antes, sonó desde la linde del bosque. No fue una rama pequeña. Fue el sonido de una bota pesada rompiendo madera muerta. Inmediatamente después, un haz de luz potente barrió las copas de los árboles, acercándose peligrosamente hacia el muelle.
—¡Mierda! ¡Linternas! —bramó Pablo el mayor, perdiendo su compostura "cool" en un nanosegundo—. ¡Dispersaos!
El pánico es un animal contagioso. En un instante, el muelle se convirtió en una estampida de catorce adolescentes corriendo en todas direcciones. Alfonso intentaba meter la guitarra en la funda mientras corría, tropezando con sus propios pies. Martin salió disparado como una bala, dejando atrás a todos. Mar intentaba correr, pero Lucas la agarró del brazo para ayudarla a mantener el equilibrio.
Toni, con la camiseta hecha un burruño en la mano y el corazón golpeándole las costillas desnudas, se lanzó hacia la oscuridad del bosque, lejos del haz de luz. Corría a ciegas, las ramas arañándole la piel expuesta, guiado solo por el instinto de huida.
L as voces de los monitores se oían a lo lejos, gritando nombres, el caos de la dispersión era total. Toni no paró. Se metió entre unos arbustos densos, cerca de la zona de los dormitorios pero lo suficientemente oculto en la sombra de un gran roble. La adrenalina le impedía sentir el frío.
Se detuvo en seco, jadeando, con el pecho subiendo y bajando violentamente. El aire frío de la noche chocaba contra su sudor. Cerró los ojos, intentando escuchar si alguien le seguía. El único sonido cercano era el latido de su propio corazón.
Fue entonces cuando se dio cuenta.
Su mano derecha no estaba vacía. En medio de la carrera, en la confusión del muelle o quizás en la huida por el sendero, había agarrado la mano de alguien. O alguien le había agarrado a él. Era una conexión anónima, basada únicamente en el instinto de supervivencia.
Toni apretó los dedos instintivamente, y para su sorpresa absoluta, la mano misteriosa le devolvió el apretón con fuerza, firme y cálida, sin soltarlo. La sensación de un aliado en el caos fue más reconfortante que la llegada a la cabaña.
Comments (0)
No comments yet. Be the first to share your thoughts!